
El general Fermín y el Coronel Luna,
retirados de la guerra sin estrenar el fusil.
De estirpe única, cazadores de tormentas,
sin miedo al chaparrón.
Los recuerdo de espaldas a la ciudad,
ajenos al trajín de la pequeña urbe; de frente
al mar, admirando la faena del Atlántico,
contando olas, numerando burros de agua.
Cómo no imaginármelos deambulantes en el malecón,
persiguiendo las lloviznas, abriendo los brazos al cierzo,
esperando la lluvia bajo los charamicos del otoño.
De hombres bravos te estoy hablando,
de fieras del olimpo te hablo, destripadores de sirenas,
los enemigos del mundo; los vi desafiar los imperios,
apedrear el orizonte. Los vi azuzarle al oeste el sol
de la tarde. Yo los ví; uniformados, desafiantes en la bahía;
pero más que fieras me parecían dominguillos bailando al viento
Se cuenta que los arrancó el vendaval que tiño
de rojo las aceras, que se fueron a sufrir a un lugar
más oscuro, que desde entonces las tormentas
campean alegres estas tierras; que se fueron para
siempre, como se fue la loca de los perros.
La bahía ya no tiene quién la defienda,
las sirenas están de fiesta, la mar los reclama
todas las tardes y el viento viene por ellos
una vez por semana. Los borrachos especulan
sobre su paradero, mas nadie supo su misterioso
destino, nadie, siquiera yo que fui uno de ellos.
retirados de la guerra sin estrenar el fusil.
De estirpe única, cazadores de tormentas,
sin miedo al chaparrón.
Los recuerdo de espaldas a la ciudad,
ajenos al trajín de la pequeña urbe; de frente
al mar, admirando la faena del Atlántico,
contando olas, numerando burros de agua.
Cómo no imaginármelos deambulantes en el malecón,
persiguiendo las lloviznas, abriendo los brazos al cierzo,
esperando la lluvia bajo los charamicos del otoño.
De hombres bravos te estoy hablando,
de fieras del olimpo te hablo, destripadores de sirenas,
los enemigos del mundo; los vi desafiar los imperios,
apedrear el orizonte. Los vi azuzarle al oeste el sol
de la tarde. Yo los ví; uniformados, desafiantes en la bahía;
pero más que fieras me parecían dominguillos bailando al viento
Se cuenta que los arrancó el vendaval que tiño
de rojo las aceras, que se fueron a sufrir a un lugar
más oscuro, que desde entonces las tormentas
campean alegres estas tierras; que se fueron para
siempre, como se fue la loca de los perros.
La bahía ya no tiene quién la defienda,
las sirenas están de fiesta, la mar los reclama
todas las tardes y el viento viene por ellos
una vez por semana. Los borrachos especulan
sobre su paradero, mas nadie supo su misterioso
destino, nadie, siquiera yo que fui uno de ellos.
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