
Al final de la tarde yo me colé entre los niños
y las viejas que esperaban a los hombres;
y en efecto, a lo lejos se escuchaban sus cánticos.
Regresaban las superestrellas del machete,
los campeones del conuco, los que trabajan
sin reloj, porque saben que todo lo que no es
noche es día. Llegaban airosos, con la sonrisa
de orgullo de los que preñan los surcos,
con el orgullo del crimen de matar
el hambre de primavera en pleno invierno.
Brillaban amarillos bajo el sol rojizo de la
tarde moribunda; con el olor de los hijos
del naranjo, con las rodillas y los labios
cenizos, con sus botas de piel de hombre.
En un bohío retorcido, guarecida de la noche
una lata hierve las raíces del jardín
al tiempo que la esposa observa su campeón
preguntándose si acaso después de tan dura
faena queda algo de virilidad para una
breve jornada sobre el colchón. Yo sigo
mi camino sonriente, preguntándole a
las huellas ¿Acaso vale la pena?
y las viejas que esperaban a los hombres;
y en efecto, a lo lejos se escuchaban sus cánticos.
Regresaban las superestrellas del machete,
los campeones del conuco, los que trabajan
sin reloj, porque saben que todo lo que no es
noche es día. Llegaban airosos, con la sonrisa
de orgullo de los que preñan los surcos,
con el orgullo del crimen de matar
el hambre de primavera en pleno invierno.
Brillaban amarillos bajo el sol rojizo de la
tarde moribunda; con el olor de los hijos
del naranjo, con las rodillas y los labios
cenizos, con sus botas de piel de hombre.
En un bohío retorcido, guarecida de la noche
una lata hierve las raíces del jardín
al tiempo que la esposa observa su campeón
preguntándose si acaso después de tan dura
faena queda algo de virilidad para una
breve jornada sobre el colchón. Yo sigo
mi camino sonriente, preguntándole a
las huellas ¿Acaso vale la pena?
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