viernes, 2 de enero de 2009

Déjame soñar


Soñador por vocación; porque así, soñando
vivimos los que nos rehusamos a vivir.
Con la perenne sonrisa de los condenados
acepto las penas, porque aprendí a llorar
a carcajadas.

Negro empedernido, porque lo blanco me lo
quitaron las mulatas; sin frío, sin conocer
la nieve, porque nací al lado del ecuador,
porque el aliento de los hijos del Caribe
sabe a sol. Indomable y ponzoñoso como
el cadillo de broque; bohemio de cafetales,
amamantador de ciguas, domador de los
caprichos de la selva.

Yo soy adicto a los montes, el concreto
a mi me hiede; me escapo todas las noches
en un vuelo con las garzas en busca de mis
amantes: las ciguapas bandoleras.

Si de madrugada me necesitas, en vano
buscarás en mi cama, no me encontrarás en
mi rostro, búscame en el naranjal,
allí llevaron mi nido las ciguas palmeras.

Si alguna noche intentaras besarme encontrarás
en lugar de mi boca un pico duro de ave de
rapiña; no pretendas conocerme ni te fíes de
unos brazos que hace tiempo abandoné; ya
no vivo en esa piel donde alguna vez me
conociste, es que me hice ermitaño y abandoné
a la suerte ese cuerpo imperfecto, búscame en
la brisa que despeina los cocoteros, háblame
al oído en los colibríes, confía en el eco de
las cañadas; yo me arrastro por las peñas,
colina abajo, de piedra en piedra, mano a mano
con el río, suelta ya por fin mi mano y

DEJAME SOÑAR.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada