
Con la boca abierta y seca, escucho con
Extrañeza los sonidos del insomnio y la congestión.
Un reloj de pared que cojea ruidosamente
amenaza con detenerse a las dos y dos,
el viento que silba en mi nariz, un
corazón galopante y exaltado
en busca de oxígeno.
Me levanto, me paro frente al espejo
y coincido con mi camisa en eso de que
hoy estoy 15 centímetros más pesado
que la última vez que la vestí.
Doy varias vueltas en mi habitación,
me dan ganas de escribir esto, me siento
en la cama, me arranco un zapato y lo
acerco a mi cara; puedo sentir el
calor del hedor, pero no tengo olfato
por la maldita congestión.
Abro la ventana, descubro el cielo
detrás de los árboles y digo:
¡coño, con tantas estrellas que ver y contar
¿para qué quiero el olfato?!
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